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La balsa de Odiseo

La balsa de Odiseo

La balsa de Odiseo

Mientras esto decía, vino una grande ola que desde lo alto cayó horrendamente sobre Odiseo e hizo que la balsa zozobrara. Fue arrojado el héroe lejos de la balsa, sus manos dejaron el timón, llegó un horrible torbellino de mezclados vientos que rompió el mástil por la mitad, y la vela y la entena cayeron en el ponto a gran distancia.

Mucho tiempo permaneció Odiseo sumergido, que no pudo salir a flote inmediatamente por el gran ímpetu de las olas y porque le pesaban los vestidos que le había entregado la divinal Calipso. Sobrenadó, por fin, despidiendo de la boca el agua amarga que asimismo le corría de la cabeza en sonoros chorros. Mas aunque fatigado, no perdía de vista la balsa; sino que, moviéndose con vigor por entre las olas, la asió y se sentó en medio de ella para evitar la muerte.

El gran oleaje llevaba la balsa de acá para allá, según la corriente. Del mismo modo que el otoño al Bóreas arrastra por la llanura unos vilanos, que entre sí se entretejen espesos; así los vientos conducían la balsa por el Piélago, de acá para allá: unas veces el Noto la arrojaba al Bóreas, para que se la llevase, y en otras ocasiones el Euro la cedía al Céfiro a fin de que este la persiguiera.
Extracto del Canto V de la Odisea de Homero

En referencia al pasaje anterior, los autores del Libro de los Mapas Mentales atestiguan:

Nótese el ritmo, la repetición, la secuenciación, las imágenes, el llamamiento a todos los sentidos, el movimiento, la exageración, el color y sentimiento, todo contenido en un párrafo magistral y memorable.

Tal como se apunta arriba, Homero, el autor de esta magna obra, palpa con los dedos de su ingenio nuestra sensibilidad mientras hace uso de una conmovedora figura retórica de la literatura: la sinestesia.

Conseguir abrazar melodiosamente los sentidos del lector es una fruta madura de la inspiración literaria. Cuando ese abrazo musical se produce, se nos permite evocar, incluso diría inhalar, un fuego fatuo cubierto por el sensual velo de nuestra alma.

Si se me pidiera que definiera en pocas palabras el término arte, lo llamaría la reproducción de lo que los sentidos perciben en la naturaleza a través del velo del alma. (Edgar Allan Poe)

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Mi némesis

The Remorse of Orestes by William-Adolphe Bouguereau

Las Furias, en representación de Némesis, persiguiendo a Orestes

A través de las puertas del sueño custodiadas por los ghules,
Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,
He vivido mis vidas sin número,
He sondeado todas las cosas con mi mirada;
Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento
Arrastrado con horror a la locura.

He flotado con la tierra en el amanecer de los tiempos,
Cuando el cielo no era más que una llama vaporosa;
He visto bostezar al oscuro universo,
Donde los negros planetas giran sin objeto,
Donde los negros planetas giran en un sordo horror,
Sin conocimiento, sin gloria, sin nombre.

He vagado a la deriva sobre océanos sin límite,
Bajo cielos siniestros cubiertos de nubes grises
Que los relámpagos desgarran en múltiples zigzags,
Que resuenan con histéricos alaridos,
Con gemidos de demonios invisibles
Que surgen de las aguas verdosas.

Me he lanzado como un ciervo a través de la bóveda
De la inmemorial espesura originaria,
Donde los robles sienten la presencia que avanza
Y acecha allá donde ningún espíritu osa aventurarse,
Y huyo de algo que me rodea y sonríe obscenamente
Entre las ramas que se extienden en lo alto.

He deambulado por montañas horadadas de cavernas
Que surgen estériles y desoladas en la llanura,
He bebido en fuentes emponzoñadas de ranas
Que fluyen mansamente hacia el mar y las marismas;
Y en ardientes y execrables ciénagas he visto cosas
Que me guardaré de no volver a ver.

He contemplado el inmenso palacio cubierto de hiedra,
He hollado sus estancias deshabitadas,
Donde la luna se eleva por encima de los valles
E ilumina las criaturas estampadas en los tapices de los muros;
Extrañas figuras entretejidas de forma incongruente
Que no soporto recordar.

Sumido en el asombro, he escrutado desde los ventanales
Las macilentas praderas del entorno,
El pueblo de múltiples tejados abatido
Por la maldición de una tierra ceñida de sepulcros;
Y desde la hilera de las blancas urnas de mármol persigo
Ansiosamente la erupción de un sonido.

He frecuentado las tumbas de los siglos,
En brazos del miedo he sido transportado
Allá donde se desencadena el vómito de humo del Erebo;
Donde las altas cumbres se ciernen nevadas y sombrías,
Y en reinos donde el sol del desierto consume
Aquello que jamás volverá a animarse.

Yo era viejo cuando los primeros Faraones ascendieron
Al trono engalanado de gemas a orillas del Nilo;
Yo era viejo en aquellas épocas incalculables,
Cuando yo, sólo yo, era astuto;
Y el Hombre, todavía no corrompido y feliz, moraba
En la gloria de la lejana isla del Ártico.

Oh, grande fue el pecado de mi espíritu,
Y grande es la duración de su condena;
La piedad del cielo no puede reconfortarle,
Ni encontrar reposo en la tumba:
Los eones infinitos se precipitan batiendo las alas
De las despiadadas tinieblas.

A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules,
Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,
He vivido mis vidas sin número,
He sondeado todas las cosas con mi mirada;
Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento
Arrastrado con horror a la locura.

Fuente: Némesis de H.P. Lovecraft en El Espejo Gótico

H.P. Lovecraft y su Némesis

Lovecraft

Lovecraft

No hace mucho, como resultado de una (casi eterna) mudanza, me encontraba recolocando libros en lejanos estantes.

Mientras lo hacía, podía rememorar el extraño poder que les otorgamos: los libros son portadores de reflexiones y sentimientos, son conductores de (alegres y tristes) lágrimas. Postreramente, melancólicos recuerdos de mundos no vividos.

Después de colocados todos, me pregunté ¿de qué autor poseo más libros? Con una simple ojeada, la respuesta era obvia: H.P. Lovecraft. Debo poseer la mayoría de su obra, eso salta a la vista.

Fue (junto a Edgar Allan Poe) una de mis pasiones de juventud. Yo era un joven ávido de imaginarios y terroríficos mundos paralelos. La cuestión era huir de aquel mundo tan aburrido y previsible que se mostraba por la opaca ventana de una habitación sin vistas.

Hasta ahora (ingrato de mi) no le había dedicado ninguna reseña en este espacio, Rojo Transitorio. Ahora me reconcilio con él a través de uno de sus más bellas composiciones: aquella dedicada a Némesis.

La profunda mirada de Lovecraft era capaz de ver detrás de las máscaras. Su visión era aguda. Era mensajero de secretos y premoniciones. Intuía el cambio de formas. Fue el enlace entre un mundo oscuro e invisible y un mundo de luz. Se sentía cómodo y libre en la sombra, bebiendo del poder de la luna. Aunque, por gracia y por desgracia, su insondable mirada quedó sumida en el horror y en la locura.

El talento de H.P. Lovecraft fue interminable, como novelista y como poeta. Su disfrute debería ser asimismo inagotable.

La ambivalente Némesis griega

Némesis por Gheorghe Tattarescu

Némesis

El sentido etimológico de Némesis es de origen griego y es un sentido, como poco, ambivalente. Es la justa fuerza compensadora de otra fuerza contraria. Es la justa reacción a la acción. Pero ¿qué significa justa? ¿qué es justo?

Evidentemente lo justo proviene de la justicia. Y ya se sabe(?) que toda justicia implica algún tipo de castigo, algún tipo de venganza.

Es curioso como los humanos asociamos la equitativa distribución de la justicia (¿no había una balanza de por medio?) al castigo y la venganza. No a la indulgencia, ni al perdón, ni siquiera a la benevolencia. Remarcamos la represalia, el ajuste de cuentas… la vendetta.

Por tanto la diosa griega representante de la justicia ha quedado sesgada. Ya no hay contrapunto. El contrapunto se perdió en algún punto del caminar de los siglos. El significado divino fue abandonado (en la cuneta) por el signo humano. La benevolencia se corrompió. Sólo quedó la furia.

Una furia que periódicamente gobierna a la amiga imaginaria de nuestra estrella. Nada es casual, ni siquiera en el mundo de la imaginación.

Mi querida némesis

Este sencillo poema está dedicado a mi némesis. Dicen que Merlín venció a Morgana cuando le dio la espalda y dejó de pensar en ella. En ese instante, aquella hada perdió su poder y desapareció.

Tú, mi némesis,
fuiste justa compensadora de mi egoismo
cristal de mi opaca soledad,
espejo de mi abandonado deseo.

Tú, mi némesis,
fuiste acosadora de mi culpa,
liviana portadora de mi castigo,
ferrea montura para mis furias.

Tú, mi némesis,
fuiste equilibrio en mi universo,
mi fuente de eterna gratitud
mi pozo de energías perdidas.

Tú, mi némesis,
fuiste quien más me enseñó,
quien más me hundió, quien más me dio,
quien más me rechazó, quien más me amó.

Tú, mi némesis,
fuiste, y ya no serás.
Esa es mi aspiración más dócil.
Esa será mi venganza más cruel.

La venganza más cruel es el desprecio de toda venganza posible. (Johann Wolfgang Goethe)

Morgana

La sensual hada Morgana

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Quemar la culpa

culpa

Culpa… ¿de qué?

En el comienzo de su lucha, el guerrero de la luz afirmó: “Tengo sueños”.

Después de algunos años, percibe que es posible llegar a donde quiere; sabe que será recompensado.

Llegado ese momento, se entristece. Ha conocido la infelicidad ajena, la soledad, las frustraciones que acompañan a gran parte de la humanidad, y considera que no merece lo que está a punto de recibir.

Su ángel susurra: “Entrega todo”. El guerrero se arrodilla y ofrece a Dios sus conquistas.

La Entrega obliga al guerrero a parar de hacer preguntas tontas, y lo ayuda a vencer la culpa.
Extracto del Manual del guerrero de la luz (Paulo Coelho)

Culpa

Ayer decidí lanzar a la hoguera un sentimiento que me atenazaba: la culpa. La culpa del adolescente, del adulto que ahora soy.

Elegí un rotulador repleto de tinta roja. Escribí en letras grandes, mayúsculas y separadas, cada una de las letras de ese insidioso sentimiento: La C, la U, la L, la P y la A. No las quería ni sentir en contacto con mis dedos.

El trazo contenía dolor, era una caligrafía demasiado tangible, nacida de la tierra. Levanté el papel para ponerlo a la altura de mis ojos. Miré ese soporte vegetal y noté como ligeras gotas tintadas de rojo, imbuidas de algún pecado ancestral, se deslizaban hacia abajo. Llegaban al límite inferior del papel y se apresuraban a concentrar goterones aun más rojos, aun mas rencorosos. Incluso alguno bajó más allá, buscando la imaginaria linea que lo conectaba con la tierra.

Pensé que esa lágrima roja nunca debía haber abandonado la tierra que la vio nacer.

Inocencia

Ayer decidí devolver a mi vida un sentimiento que añoraba: la inocencia. La inocencia del neonato que aun guardo en mi interior, la pureza de mi niñez.

Elegí una ligera pluma de color azul. Escribí en letras pequeñas y ligadas, cada una de las letras de ese ansiado sentimiento: La i, la n, la o, la c, la e, la n, la c, la i, la a. Sin solución de continuidad, tocándose en lo más íntimo.

Sentí que tal como escribía un aire fresco llenaba esos signos. Al acabar la linea que abrazaba sus letras, no pude evitarlo, de mi laringe brotó el suave susurro que dibujó en el aire el sonido puro de aquella palabra: inocencia.

Solve et coagula

Una vela, temblorosa pero firme, sirvió de hoguera para mi culpa. Una sencilla llama consumió un papel, disolvió mi culpa. Se llevó el pecado y su fealdad.

El papel que sobrevivió (pues siempre debe sobrevivir uno) se coaguló en mis manos. Lo deposité cerca del corazón, cerré mis ojos sintiendo como el calor de mis latidos lo protegía y respiré profundamente su gracia.

Entrego a Dios mi conquista, mi lucha de los últimos tiempos, mi batalla futura. Dios sabrá guardarla entre sus más divinos tesoros: la virtud y la hermosura.

Yo no tengo la culpa de que la vida se nutra de la virtud y del pecado, de lo hermoso y de lo feo. (Benito Pérez Galdós)

El árbol de las moras

El árbol no es otra cosa que una llama floreciente

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El sueño de Goya

El pelele

El pelele

Los prolegómenos en el mundo visible

Las pinturas tienen la extraña capacidad de evocar nuestros sueños. Y las pinturas de Goya parecen incluso algo más proclives a semejante insinuación.

El pasado 22 de Abril mi hijo Marc me comentó que tenia que asistir, junto a un compañero de clase, a una exposición de Goya que actualmente tiene lugar en Barcelona. Tenían que realizar un comentario sobre alguna de las pinturas expuestas allí.

Me sorprendió ¿una exposición de Goya? Yo no tenía ni idea, era la primera noticia que tenía. Tal como lo comentábamos, una imagen acudió a mi mente: El pelele. Una pintura que pude observar con detalle en cierta ocasión, tiempo atrás.

Tuve que insistir para que mi hijo me dejara acompañarle. Finalmente accedió a regañadientes. Ya se sabe que a ciertas edades (y sobre todo, ante sus compañeros o amigos) los hijos suelen renegar de sus padres… cosas de la pre-adolescencia.

Acudimos en coche a recoger al compañero de Marc, Sergi. Tras ello, nos dirigimos hacia la exposición.

Previendo que me costará aparcar por los alrededores del CaixaForum, ellos se apean a la entrada y yo me aventuro a buscar estacionamiento para el coche. Como es una zona cuyas calles y recovecos conozco bien (en la misma falda de la montaña de Montjuïc) confio que encontraré algo con presteza. Estoy ciertamente equivocado…

Pasada media hora, aun merodeo las inmediaciones sin éxito alguno. Tras mucha paciencia, diviso un espacio vacio… demasiado justo… ¿entrará? Entra más justo que la sexta sardina en un lata para cinco sardinas… pero entra. Espero que mi particular entierro de la sardina tenga, al menos, un buen fin.

Abandono el vehículo y tras unos minutos, me introduzco en el espléndido recinto del CaixaForum. A continuación, me acerco al edificio donde se encuentra la exposición… ¡¡vaya cola!!

Supongo que eso es lo que tienen las exposiciones gratuitas. Además, por su ausencia, deduzco que mis dos jóvenes acompañantes ya han entrado. Me armo otra vez de paciencia y me coloco al final de la cola.

La luz precede a la sombra

La luz que precede a la sombra

Mientras estoy en la cola, levanto la mirada y observo el cielo. El dia se pinta de blanco mullido y azul luminoso, lleno de luz, con esa luz tan única y maravillosa de las ciudades que acarician el Mediterráneo. Aprovecho el transcurso de la espera, para disparar una instantánea con la cámara fotográfica de mi teléfono.

Justo en el umbral de la entrada, pienso: curioso.. estoy a punto de acceder a una exposición titulada Goya, luces y sombras… abandono la luz… y entro en las sombras. Dicho y hecho. Tal como entro en la sala, la luz se convierte en una penumbra entre ocre y rojiza que, por sorpresa, pesa sobre los hombros.

Ya en el interior, avanzo rápido en la búsqueda de los estudiantes… Una vez los encuentre, ya volveré sobre mis pasos, para detener mi expectante atención/intuición en las primeras pinturas.

Entro en la primera sala grande y mis ojos son irremediablemente atraídos por una pintura colgada a la derecha: El pelele. Una amplia sonrisa se dibuja en mi rostro. Sabía que estaría allí. Pero ¿cómo podía saberlo? me pregunto. Tan sólo podía haberlo intuido. Pero resulta que mi intuición ultimamente anda tremendamente afilada. Mi intuición esboza, desde el inconsciente, casualidades demasiado increíbles para un mundo racional.

Tras detenerme un instante delante de aquella pintura, fruto de mi más aguda intuición, continuo la búsqueda de aquel par de jovencitos… ¿dónde se habrán metido?

Camino un par de salas más, atravesando las barreras humanas impuestas por pequeñas aglomeraciones, y los encuentro delante de otra pintura. Se trata de La novillada. Al parecer, ésta será la pintura objeto de su trabajo escolar. Les comento que quizás El pelele podría ofrecerles un comentario mucho más trascendente. Ni caso. Ellos continúan enfrascados en la recopilación de información para su pequeño ensayo.

Justo al lado de la pintura taurina, se encuentra una sala interactiva cargada de contenido audiovisual. Como es de esperar, después de abandonar el novillo, mis dos acompañantes se dirigen de cabeza hacia ella. Les sigo. En mi mente, todavía clama al cielo la revisión del pelele, pero me ratifico que encontraré algún momento para mi escapada, ante su imperiosa solicitud presencial.

En esa sala audiovisual encuentro otro pequeño tesoro, un ordenador en el cual corre una aplicación interactiva que se presenta de lo más golosa. Además, cuando fijo un poco más mi atención en la aplicación, una palabra resalta en la página de inicio: crónica, crítica, drama… y sueño. Y mi curiosidad sucumbe.

Sueño es la palabra que yo esperaba encontrar allí, en aquella exposición. Leo, como introducción, las siguientes palabras:

Goya pinta y dibuja con la intención de hablar de una idea o de denunciar alguna cosa. Pero también pinta imágenes que nos recuerdan los sueños o aquello que imaginamos cuando la mente vuela sin que nada la obstaculice. Parece que no tengan sentido, pero, en algunos momentos, Goya solo puede explicar la realidad huyendo de la misma. ¿Y cómo crea estas imágenes extrañas e inquietantes?

Tal como navego por aquel sustrato de los sueños de Goya, voy introduciéndome en su imaginación, en la recompensa de sus ensoñaciones diurnas, fruto, a su vez, de sus sueños nocturnos. Comienzo a notar como mi bello se eriza…

Acabo de engullir todo aquel apetitoso bocado que dispara mi propia imaginación y decido que ya es suficiente: El Pelele me reclama, y me debo a él. Estoy allí solo para introducirme en el sueño de un pelele, un muñeco manteado por Goyescas de risa puntiaguda.

Abandono momentaneamente a mis acompañantes a su (buena) suerte y vuelvo sobre mis pasos. Ya me encuentro delante de mi pintura, un oleo sobre lienzo de 267×160 cm. Lo cierto es que impresiona por sus dimensiones y por su aurea. Antes de (con)centrarme totalmente en ella, leo la pequeña reseña que hay a su izquierda. Nada nuevo. Sé que debo beber aquello que estoy buscando de alguna otra fuente: en el propio sueño de Goya.

Me coloco delante de la pintura, bien centrado. La observo con ojos jóvenes, de abajo a arriba. Parece que me haya estado esperando. Me extraño, una vez más, porque aunque la exposición esta abarrotada de almas, nadie se interpone entre mi mirada y la sutil presencia del oleo. Esa pintura desea hablar, entablar un dialogo, pero sólo con mi alma.

Comienzo a fijar todos (repito, todos) mis sentidos en esa metafórica creación de Goya. Siempre que he conseguido esa atención plena, fijar todos los sentidos en algo, el mundo circundante se va disolviendo, desapareciendo. Eso es, de hecho, lo que deseo en este momento.

El sueño en el mundo invisible

Mi experiencia sensorial se diluye lentamente y se traslada al mundo de las reminiscencias del mundo nocturno, aquel en el cual rigen los sueños. Paulatinamente voy acercándome a aquella linea que separa lo visible de lo invisible, la vigilia del sueño, el razonar del sentir, la tierra del agua.

Me aproximo a terrenos misteriosos, enfangados, pantanosos, donde se mezclan arenas de diferentes grosores y aguas de diferentes colores.

Algunos califican estos terrenos de yermos, y transitan rapidamente por ellos, sin detener la más mínima atención. Yo no, pues los conozco de otras experiencias y sé que una estancia indefinida en los mismos, permite obtener la clave de la infinita fertilidad de ambos mundos.

Y ahí es donde yo quería llegar: a un dominio en el cual mi intuición, el sexto sentido, sea capaz de atravesar los trazos de la pintura que los ojos muestran a mi espíritu… y contactar con el sueño que germinó la totalidad de la obra: el del autor. Sólo así podría obtener las respuestas que yo buscaba.

Porque mis agitadoras preguntas, las más profundas, aquellas que me habían plantado allí, delante de aquel lienzo, son las siguientes: ¿quiénes son esas mujeres que mantean al pelele? y ¿quién es ese muñeco inerte?

Poco a poco, mi intuida revelación se va inflando, toma el aire de chispeantes ensoñaciones que conectan el pasado y el presente.

La mujer más a la izquierda me habla, su lenguaje es confuso, repleto de letras de diferentes colores y tamaños. Demasiado joven, demasiado inconexa. Pero reconozco su magnetismo. En (demasiadas) ocasiones, su inocente atracción me sedujo, me cautivó sin yo desearlo. He desenmascarado al delirio, forma primigenia de la locura.

La mujer situada detrás, en el centro, posee una nariz amplia, ojos separados y una risa pérfida, desalmada. Su risa la delata de forma escandalosa. Cuando tengas la desgracia de escucharla, al mismo tiempo, podrás sentir como un anillo que oculta en su mano te desgarra cualquier dulce sabor que pueda albergar tu boca. Se trata de la desesperación.

La mujer colocada más a la derecha está ataviada con sugerentes gasas, su sonrisa es limpia, su boca es andrógina pero sensual. Una sensualidad que enloquece a los que la besan. Una vez te atrapa, será difícil deshacerte de su encanto. Ella y su hermana melliza, la desesperación, jugarán con tu alma hasta destrozarla. Sin ninguna piedad. Esa boca, la más dulce, la más amarga, pertenece al deseo.

¿Y quién es la mujer que se encuentra dándome la espalda? Mira al muñeco de forma serena. No se divierte con el manteo. Se sabe conocedora del último secreto que descubrirá aquella marioneta. Algunos muñecos habrán podido escapar al juego de sus tres compañeras, pero nunca al suyo. Ella, vestida de oscuridades y negruras, es la muerte.

Y ese muñeco con una máscara inexpresiva en la cara, con los miembros torcidos, casi descuajados. Ese espantajo que es manteado compulsivamente entre risas y silencios. Ese títere que busca una paz olvidada. Ese pelele era Goya… y ese pelele he sido, soy y seré yo mismo.

Dedicatoria

la linterna mágica

La linterna mágica

Esta entrada está dedicada a una Linterna Mágica. Sin la semilla que su mágica luz plantó en la pantalla de mi imaginación, todo este relato no habría tenido lugar ni en el mundo visible, ni en el mundo invisible.

Los puentes permiten el abrazo de dos riveras. Permiten el paso entre dos mundos, mientras por debajo, las aguas bailan al son de una luminosa banda sonora.

La magia es un puente que te permite ir del mundo visible hacia el invisible. Y aprender las lecciones de ambos mundos. (Paulo Coelho)

Si te ha interesado esta entrada, también te podría interesar: los Eternos, de la novela gráfica The Sandman.

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Pasos

Las nubes de la montaña

En un lugar en oriente, había una montaña muy alta y con su sombra tapaba la aldea. Y por ello los niños crecían raquíticos. Y una vez un viejo, el más viejo de todos, se va con una de esas cucharitas chinas de porcelana y sale de la aldea.

Y le dicen los otros:

-Adonde vas viejito.

-Voy a la montaña.

-Y a que vas.

-Voy a mover la montaña.

-Y con que las vas a mover.

-Con esta cucharita.

-Jajaja, Nunca podrás.

-Si, nunca podré, pero alguien tiene que comenzar a hacerlo.
Fuente: La cucharita de porcelana en Planeta Cuentos

Esta pequeña enseñanza me quedó profundamente grabada en la memoria cuando escuché por primera vez esta conferencia del genial Alejandro Jodorowsky.

El primer paso

El esfuerzo de una persona durante toda una vida no servirá para cambiar nuestro mundo, pero alguien debe tomar la responsabilidad de dar el primer paso hacia adelante para empezar a hacerlo. Sin esa valentía, sin esa capacidad emprendedora, nuestro mundo no avanzaría lo suficiente.

Un viaje de mil millas comienza con el primer paso. (Lao-Tsé)

La perseverancia en los pasos

Además de iniciar el cambio, debemos perseverar en tal cambio, hasta conseguir recorrer todo el camino, o parte de él. Si el viaje nos sobrepasara, una vez acabado nuestro recorrido, alguien tomaría nuestro relevo.

Por tanto, no tengo la menor duda de que si todas las personas del pueblo, durante cada día de sus vidas, se dedican a excavar la montaña con su cucharita, un día (quizás después de varias generaciones) la montaña habrá desaparecido por completo.

El primer paso fue el inicio, pero hizo falta la tenacidad de innumerables más, uno después de otro, para conseguir finalizar aquella gran obra.

Las grandes obras son hechas no con la fuerza, sino con la perseverancia. (Samuel Johnson)

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El Destinado Lugar de Encuentro

Canción de Shambhala

Canción de Shambhala por Nikolai Roerich

Pero ahora el destinado lugar y la hora estaban próximos; sin saberlo se había acercado a su desconocida meta.

Pues aunque una apariencia de ciego y sinuoso azar recubre el trabajo del sabio Destino, nuestros actos interpretan una Fuerza omnisciente que mora en la imperiosa esencia de las cosas, y nada sucede en la representación cósmica sino a su tiempo y en el lugar previsto.

Llegó a un espacio de suave y delicado aire que parecía un refugio de juventud y de alegría, un mundo de tierras altas de libre y verde delicia en donde primavera y verano yacían juntos y peleaban en indolente y amistoso debate, desarmados, disputando entre risas quién debería mandar.

Allí la expectación batió repentinas alas extendidas como si un alma prestara atención desde la faz de la tierra, y todo cuanto había en ella percibió la llegada de un cambio y olvidando gozos obvios y comunes sueños, obediente a la llamada del Tiempo, al sino del espíritu, fue alzada a una belleza calma y pura que vivía bajo los ojos de la Eternidad.

Un macizo de cabezas montañosas asaltaba el azur pujando con hombros rivales para alcanzar el cielo, paladines armados de una línea de acero; la tierra yacía postrada bajo sus pies de piedra.

Debajo se extendía un sueño de bosques esmeralda y relucientes orillas solitarias como sueños: blancas aguas corrían como relucientes sartas de perlas.

Un suspiro se extraviaba entre las felices hojas; frescamente perfumadas con pies pausados rebosantes de placer suaves brisas entrecortadas titubeaban entre las flores.

La blanca grulla erguida, inmóvil línea viva, pavo real y loro ornaban suelo y árbol, el suave arrullo de la paloma enriquecía el aire enamorado y patos salvajes de alas de fuego nadaban en estanques argentinos.

La tierra se acostaba a solas con su espléndido amante el Cielo, desnuda para el ojo azul de su consorte.

En lujuriante éxtasis de alegría prodigaba la música de amor de sus notas, derrochando el apasionado diseño de sus flores y el tumultuoso festival de sus aromas y colores.

En torno grito y salto y carrera, sigilosas pisadas de animales de presa, el enmarañado esmeralda de su cabellera de centauro, el oro y el zafiro de su calor y de su llama.

Artífice de sus calurosos júbilos, alegre, de corazón sensual, despreocupada y divina, la vida corría o se escondía en sus habitaciones de delicia; tras todo ello celaba la grandiosa calma de la Naturaleza.

La Paz primigenia estaba allí y en su seno mantenía no perturbada la lucha de pájaro y de bestia.

El hombre ceñudo artesano no había llegado a posar su mano sobre las felices cosas inconscientes, el pensamiento no se encontraba allí ni la evaluadora herramienta de ojo inquisitivo, la vida no había aprendido a discordar con su propósito.

La Poderosa Madre yacía extendida a sus anchas.

Todo estaba alineado con su primigenio plan satisfecho; llevados por una voluntad universal de alegría los árboles florecían en verde felicidad y las crías salvajes no se ocupaban del dolor.

Al fondo reclinada una adusta y gigantesca zona de enmarañadas profundidades y solemnes inquisitivas montañas, picos semejantes a la desnuda austeridad del alma, armados, remotos y desoladamente enormes como las infinidades ocultas por el pensamiento que yacen tras la entusiasta sonrisa de la danza Todopoderosa.

Un espeso cabezo de bosque invadía el cielo como si un asceta de cuello azul escrutara desde el refugio de piedra de su cueva en la montaña contemplando la breve felicidad de los días; su vasto extendido espíritu recostado detrás.

Un poderoso murmullo de inmenso retraimiento asediaba el oído, una triste e interminable llamada como un alma retirándose del mundo.

Este era el escenario que la ambigua Madre había elegido para su breve hora feliz; aquí en esta soledad apartada del mundo comenzó su parte en la alegría y el conflicto del mundo.

Aquí le fueron descubiertos los místicos atrios, las escondidas puertas de belleza y de sorpresa, las alas que murmuran en la casa dorada, el templo de dulzura y el ardiente altar.

Extranjero en las afligidas rutas del Tiempo, inmortal uncido al yugo de muerte y destino, sacrificante del gozo y del dolor de las esferas, el Amor en el páramo encontró a Savitri.

Canto I: El Destinado Lugar de Encuentro, del libro V del Amor (extracto del poema épico Savitri de Sri Aurobindo)

Encuentro de sensibilidades

La pintura y el texto que acompañan esta entrada no tienen relación alguna. Una, la pintura de Nikolai Roerich, hace referencia a Shambhala, una leyenda de origen tibetano. El otro, el texto extraído del poema épico de Sri Aurobindo, hace alusión a otra leyenda de origen hindú.

Curiosa y casualmente, tal como observas la pintura de Nikolai Roerich parece como si ésta describiera, hasta cierto punto (o eso me ha parecido a mi), una porción de la paisajística descripción de Sri Aurobindo. Al parecer, ambos fueron coetáneos pero la obra del pintor (1943) debió ser posterior a este pasaje concreto de la magna obra del escritor (1916-1950).

El arte tiene puntos de encuentro realmente sorprendentes. Puntos en los cuales dos extremas sensibilidades parecen destinadas a encontrarse en un abrazo artístico sin aparente conexión. Aunque ya dijo una vez el gran Leonardo da Vinci en uno de sus famosos principios: todo se encuentra, de alguna forma, conectado.

El arte es una pausa, un encuentro de sensibilidades. (Doménico Cieri Estrada)

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Mudanzas

Cajas de mudanza

Cajas... de mudanza

En ciertas tradiciones mágicas,
los discípulos dedican un día al año o un fin de semana,
si fuese necesario, a entrar en contacto con los objetos de su casa.

Tocan cada cosa y preguntan en voz alta:
—¿Realmente necesito esto?
Cogen los libros de la estantería:
—¿Volveré a leer este libro algún día?
Miran los recuerdos que guardaron:
—¿Aún considero importante el momento que este objeto me hace recordar?
Abren todos los armarios:
—¿Cuánto tiempo hace que tengo esto y no lo he usado? ¿Lo voy a necesitar?

Dice el maestro:

Las cosas tienen energía propia.
Cuando no se utilizan, acaban por transformarse en agua estancada dentro de casa,
un buen lugar para mosquitos y podredumbre.
Es preciso estar atento, dejar que la energía fluya libremente.
Si conservas lo que es viejo,
lo nuevo no tiene espacio para manifestarse.

Extracto de Maktub (Paulo Coelho)

Ligero equipaje

Últimamente me he acostumbrado a vivir de un sitio para otro, una semana aquí, otra allá. Transportando poco equipaje. Lo justo de ropa y calzado, unos cuantos libros y apuntes… y mi preciado MacBook (aquello que me mantiene enganchado a la red de redes). La verdad es que moverte con poco lastre te libera de cargas mentales, te permite concentrarte en lo esencial de la vida. Aprendes que viajar ligero de equipaje es un valor en sí mismo.

Mudanzas

Y ahora ha llegado el momento de la mudanza, ahora toca seleccionar que objetos mudar de una antigua vivienda. Aplicaré los principios que apunta arriba el maestro… aunque ya puedo asegurar que me voy a desprender de casi todo… excepto de aquellos objetos que sirvan de soporte a las diferentes formas del Arte y de la Ciencia.

A estos les tengo demasiado apego… aunque quizás no sea bueno tanto apego a unos simples objetos, por mucho Arte o Ciencia que contengan. El día que la muerte nos llame por nuestro nombre, tendremos que partir y seleccionar lo mínimo: algo que sea ligero equipaje para tan largo viaje.

Un viaje es una nueva vida, con un nacimiento, un crecimiento y una muerte, que nos es ofrecida en el interior de la otra. Aprovechémoslo. (Paul Morand)

Que tinguem sort de Lluis Llach, con sus letras

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