Los detectives salvajes – Roberto Bolaño

Esta novela es la segunda novela que leo del genial y difunto escritor Roberto Bolaño. Después de haber leido 2666 hace ya algún tiempo (primera lectura del autor, por otra parte obra capital y magna del mismo) compré inmediatamente el libro que nos centra ahora pero éste quedó algo olvidado en algun lugar de mi librería tras leer algunas páginas. No lo abandoné por sentirme defraudado, más bien fue por una cierta holgazanería ante tal multitud de párrafos y porque Bolaño requiere una lectura atenta y exigente. Este verano, después de mucho tiempo sin leer literatura en el sentido estricto de la palabra (su lugar había sido ocupado por numerosas novelas gráfica pues son de más fácil digestión) decidí retomar la lectura de Los Detectives Salvajes. Mi pila de novelas por leer ya había crecido demasiado y tras revisar uno a uno todos los ejemplares, elegí la novela de Bolaño: alabado sea el momento y la inspiración que me llevaron a tal decisión. Después de su lectura, me congratulo por la elección. Además sirve para refrendar un tópico: los grandes nunca te fallan y Bolaño es uno de los (más) grandes por derecho propio.

Esta excelsa obra trata, desde mi punto de vista, sobre como la vida decepciona con el paso de los años, sobre como los ideales de juventud se pudren poco a poco tal como el incipiente realismo que acompaña a la madurez acaba cubriéndolos con un manto de hipocresía, rutina y desencanto. La vida suele ser así para los románticos y Bolaño fue uno de ellos. Así lo transcribe en esta novela con la solemnidad y maestría que otorga la experiencia personal. A aquellos que hayan indagado algo (como detectives iniciáticos) en la trayectoria vital del autor, no se le escaparan los matices autobiográficos de uno de los protagonistas: el poeta chileno Arturo Belano (notese la proximidad fonética con el mismo autor)

Los dos jovenes, alocados y errantes poetas protagonistas de la novela son el mexicano Ulises Lima y el anteriormente citado Arturo Belano. La trama les coloca inicialmente en el México de mediados de los 70 junto a un variopinto y diverso grupo de jovenes (en su mayoria con inquietudes artísticas) a los que liderarán con un interés inapreciable. Ulises y Arturo conforman el núcleo de los detectives salvajes.

Detectives porque durante su juventud se dedicarán, con el entusiasmo exclusivo de los que se entregan a sus ideales con iniciática devoción, a seguir por todo México el rastro de la enigmática Cesarea Tinarejo, precursora de un movimiento poético denominado realvisceralista, del cual ellos se sienten abanderados y herederos. Bolaño muestra repetidamente a lo largo de su obra (2666 sería otro claro ejemplo) como sus personajes tienen una pertinaz obsesión por la delirante busqueda de referentes que doten de sentido a su existencia. El totem se convierte entonces en guía, en objetivo vital, aunque en algunos casos pueda acabar transfigurándose en Quijotesca quimera.

Salvajes porque éste es el atributo de aquellos que no pueden ni quieren ser domesticados. Los idealistas están obligados, casi por propia definición de idealismo, a crear o adherirse a algún tipo de movimiento contracorriente, aunque en ese empeño deban pagar un alto precio: el menoscabo del mainstream cultural. En el caso de la historia que nos centra, no llegaremos a descubrir si el desinterés mostrado por el mainstream es atribuible a su propia naturaleza (léase indiferencia por lo alternativo) o si es justificable debido a la insignificante dimensión del movimiento que pretendidamente lideran(?) Ulises y Arturo.

Bolaño utiliza una estructura narrativa sorprendente por lo original de la misma. El libro está dividido en tres partes:
La primera es explicada en primera persona por García Madero, neófito seguidor del movimiento. Esta parte se inicía con el descubrimiento que Madero realiza del entorno realvisceralista. Continua a través de sus primeros escarceos con la poesia el amor y el sexo, los cuales conformarán la formula magistral de su bautismo. Finaliza cuando el mismo García Madero se apunta en el último momento, por un insospechado impulso, a una delirante huida hacia el desierto. Fuga de la cual son mentores Ulises y Arturo (aprovecharán la altruista ocasión para iniciar su particular busqueda de Cesarea Tinarejo) y de la cual es causa principal Lupe, jovencísima prostituta que huye de su chulo.

En la segunda y más extensa parte asistimos a un mosaico de relatos realizados por multitud de narradores desde diferentes puntos geográficos (México, Nicaragua, USA, Francia, España, Austria, Israel y finalmente África) durante un periodo de tiempo extenso (1976-1996). Todos y cada uno de ellos expresan puntos de vista muy diferentes pero tienen un nexo común: se centran en explicar su relación con Ulises y/o Arturo. Es también a través de todos ellos que vamos conformando el sutil deterioro vital que sufren tanto uno como el otro en su errante peregrinación.

Será en la tercera parte que retomaremos la huida-busqueda en los desiertos de Sonora. Aquí Bolaño, de nuevo a través del relato de Garcia Madero, nos sorprenderá con el desenlace de las dos tramas. De este modo se cierra la figura geométrica que el autor ha ido tejiendo a través del tiempo y del espacio, lo cual nos permitirá cerrar algunas incognitas para irremediablemente abrir otras aun más profundas. Y esa figura geométrica que mencionabamos no es otra que un triángulo perfecto.

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Publicado el octubre 10, 2010 en Reseñas y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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